Matt Damon: «En Nueva York y con una gorra nadie repara en mí»

Es vox pópuli: Matt Damon tiene cara de no haber roto nunca un plato. Es el hombre tranquilo, el que no dice una palabra más alta que otra, el americano ejemplar. Lleva casado felizmente doce años, tiene cuatro hijos y es un actor respetado en la industria. Cuando se celebró esta entrevista, en la Mostra veneciana, que arrancaba con «Una vida a lo grande», faltaba un mes y medio para que estallara el escándalo Weinstein. Qué cosas, el nombre del monstruo apareció en la conversación cuando Damon recordaba ese momento crucial en el que su carrera dio un vuelco. «Fue cuando Francis Ford Coppola me contrató para protagonizar “Legítima defensa”. Entonces Harvey Weinstein, sabiendo que iba a estar en una adaptación de una novela de John Grisham, dio luz verde al proyecto de “El indomable Will Hunting”. Si no fuera por Kevin Smith, que le recomendó a Harvey que leyera nuestro guión, no estaría aquí». Y evocaba, entre risas, e imitando la voz de gangster del magnate acosador, una reunión en la que les aconsejaba, a él y a Ben Affleck, cortar una escena de felación en la película. Lo que decíamos: qué cosas.

Sí, Damon es el modelo de hombre común, pero a veces cuando habla se le va la pinza. Por eso, la onda expansiva del caso Weinstein ha acabado por salpicarle. Cuando saltó la noticia, le faltó tiempo para marcar distancias con su mentor, pero hace unos días, en una entrevista concedida a «Rolling Stone», se ganó la ira de damnificadas y luchadoras contra el acoso soltando que no era lo mismo que te dieran una palmadita en el culo que un tema como la pederastia. Quién lo iba a decir: el James Stewart del siglo XXI, el paradigma de la discreción, convirtiéndose en objeto de controversia.

Adorable don nadie

A ese hombre corriente, que no distinguiríamos de otro cualquiera en la cola del metro, era al que buscaba Alexander Payne para encarnar al Paul Safranek de «Una vida a lo grande», un don nadie que se apunta al plan de miniaturizarse para eludir los efectos de la crisis económica y vivir como un jubilado precoz en Florida junto a su mujer (Kristen Wiig). «Lo primero que me dijo Alexander fue: “Lo que me gusta de ti es que no pareces una estrella de cine”», recuerda. «Yo venía de rodar una película de Jason Bourne, y siempre me decía: “Espero que comas un montón de pasta esta noche”. Quería que me engordara, que me pareciera a Paul Safranek. Hace diez años era Paul Giamatti quien iba a interpretar mi papel. Hay estrellas de cine tan glamurosas que son difíciles de aceptar como personas normales. Tienen que trabajar duro contra su propia imagen. Para mí, lo difícil es parecerme a Jason Bourne».

Safranek tiene la autoestima por los suelos, la vida se le ha escapado de las manos, nunca sería carne de paparazzis. No le cuesta nada ser invisible. Como a Damon. «Es mucho más duro para Ben (Affleck, su amigo del alma) pasar desapercibido que para mí. Tal vez porque él mide 1’90 y yo 1’70, pero lo cierto es que yo me pongo una gorra de béisbol en Nueva York para salir a la calle y nadie repara en mí». Y nos entretiene con una anécdota: «No soy el único. Martin Scorsese contaba que, en una ocasión, un director francés de visita en la ciudad le pidió si podía conseguirle una cita con De Niro. Scorsese organizó una cena con un montón de gente, y a la hora y media el director le preguntó: “¿Dónde está De Niro?” “¡Pues a su lado!”», cuenta entre risas. «Robert es como un fantasma, tiene la insólita capacidad de desaparecer y fundirse con su entorno. Sería un espía increíble».

Da la impresión de que Payne, cuya poética abunda en visibilizar la épica del periplo vital de los hombres banales, incluso un punto patéticos, y Damon estaban predestinados a coincidir. «Nos conocimos en 1999, en un evento que organizaba Paramount para presentar sus películas del año. Creo que él asistía con “Election” y yo lo hacía con “El talento de mister Ripley”. Le dije que me encantaba lo que hacía y que me gustaría muchísimo trabajar con él».

Pasaron quince años antes de convertir su sueño en realidad, pero aquí están, con una sátira humanista que utiliza la ciencia-ficción distópica para hablar de lo que nos preocupa aquí y ahora. «No quiero espoilear la metáfora, sobre todo porque tiene muchas lecturas, y Jim y Alexander no querían que se viera limitada por una sola versión», cuenta Damon. «Es una película que habla de lo que significa ser humano en los tiempos en que vivimos. Los personajes creen que si nos miniaturizamos nuestros problemas, dinámicas y conflictos de clase también se hacen pequeños, y resulta que no es así, que tienen el mismo tamaño que antes». Sorprende, pues, que Damon –y en eso coincide con Payne, que en todo momento ha evitado lecturas ideológicas del filme– no se moje hablando de Trump. «No es una película política, en el sentido de que no es ni republicana ni demócrata. Pone un espejo frente a la realidad, pero no juzga a nadie, no te dice lo que tienes que pensar. La idea del muro que separa la ciudad de los emigrantes de la lujosa Leisureland parece hacer referencia al que quiere construir Trump, pero el guión se escribió hace diez años». Al menos en política, Damon no quiere meter la pata.

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